Fuera del Infierno y del Purgatorio

Peter Alphonsus Sequin

Nací en Rigand County en la provincia de Vaudreuil, Quebec, Canadá. Era el noveno de diez niños; ocho varones y dos niñas. Mis padres eran católicos romanos extremadamente devotos. Eran gente buena, correcta, sobria, trabajadora que hicieron lo mejor para criar a sus hijos para Dios y la patria, pero ¡ay! qué ignorantes eran. Todo cuanto sabían era contar el rosario, ir a confesarse, asistir a misa y cumplir con la voluntad y los mandatos de sus sacerdotes.

Crianza francesa y católica

No culpo a las personas católicas romanas sino al sistema Católico Romano y a los hombres que lo gobiernan. Al día siguiente de mi nacimiento me llevaron a la iglesia local para ser bautizado. A los siete años fui forzado a ir a confesar mis pecados al sacerdote. El sacerdote me hizo preguntas tan obscenas que no puedo ponerlas por escrito. Luego tuve mi primera comunión y fui debidamente confirmado por el obispo de Montreal.

Se me ordena hacerme sacerdote

Después de alrededor de diez años en al Colegio Bourget, el canónigo Charles Edouard, entonces consejero del viejo obispo Bourget, me dijo que yo estaba llamado por Dios y por él para ser sacerdote. Decidí obedecer a mi superior y me encaminé al seminario mayor de Montreal donde permanecí cuatro largos años desde 1862 hasta 1866. Durante ese tiempo no tuve ningún contacto con el mundo real. Día tras día estudiaba las teologías de Liguri y Perrone. Era muy exigente en mis estudios y muy responsable con mis obligaciones en el seminario. Luego, el 22 de diciembre de 1866, rodeado de sesenta sacerdotes, fui ordenado sacerdote por el obispo Bourget.

Escribo al Papa

Después de catorce años como sacerdote, había visto muchas cosas que me perturbaban. Al final me sentí tan preocupado por el pecado y la debilidad que veía en las parroquias de Montreal, Nueva Brunswick, Massachusetts, Nueva York y Minnesota, que reuní un documento de 150 páginas que envié al papa León XIII. En el mismo le informaba lo verdaderamente enfermos que estaban sus representantes en el continente americano.

Buscando la paz que sobrepasa todo entendimiento

Finalmente salí de la Iglesia Católica Romana. Fue durante una visita de una semana que hice a Detroit, Michigan. Aunque todavía no era salvo, hablé contra el romanismo por primera vez en una iglesia Bautista francesa. Mi sermón trataba sobre el nuevo dogma de 1870 en relación a la infalibilidad papal. Por esta época también supe de Charles Chiniquy, un ex sacerdote, que había sido usado por Dios para llevar a Cristo muchas almas perdidas de la Iglesia Católica Romana. Supe que Charles Chiniquy tenía un hogar para sacerdotes que, como yo, estaban comenzando a ver la luz y cuyos hombros ya no podían soportar el yugo del papa de Roma.

Escribí a Charles Chiniquy pidiéndole la hospitalidad de su hogar y la riqueza de su experiencia para manejar las perplejidades que estaba enfrentando. Su respuesta fue: “Ven aquí mi querido hermano Sequin, yo voy a cuidar de ti”. Lo hizo, y con toda nobleza como corresponde siempre a un verdadero ministro de Cristo. Me encontré allí con otros dos sacerdotes que, como yo, estaban buscando aquella paz que sobrepasa todo entendimiento.

La Gracia de Dios viene a mí

Cuánto oró el viejo Chiniquy para que Dios pusiera en mi corazón la convicción de que era un hombre perdido a menos que me arrepintiera y me entregara a Aquel que había venido a salvar a los perdidos. Un día después del almuerzo leímos como de costumbre un capítulo de la Biblia y luego oró. Por primera vez en mi vida pude ver cómo mis pecados me hacían feo y sucio a la vista de Dios. De rodillas y con lágrimas en los ojos clamé a Dios: “¿qué debo hacer?”

El resto de la tarde supliqué a Dios de rodillas, en nombre de su querido Hijo, que me mostrara la manera de llegar a El. Abrí mi Nuevo Testamento y leí: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Repentinamente vi que la salvación era un regalo de Dios, y miré al Señor Jesucristo, y Dios me salvó.

Cristo, la Perla de gran precio

En ese solemne momento de mi conversión a Dios, cuando hubo pasado la nube, y el sol brillaba sobre mí, derramé muchas lágrimas, pero como la mujer del Evangelio, no de amargura sino de gozo. Corrí y le conté a mi amigo Chiniquy y, llamando a amigos y vecinos, les dije: “Alégrense conmigo porque hoy he encontrado la paz, la gema, la perla que había perdido; he hallado el regalo”. Hubo gozo en toda la casa. “También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró” (Mateo 13:45-46). La salvación está solamente en Cristo.

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