Ex-monja encuentra paz con Dios

Por Wilma Sullivan (formalmente la Hermana Wilma Marie R.S.M.)

Mi deseo de hacer el bién

“Sincera” y “celosa” son las palabras que describen los aspectos religiosos de mi vida por veintinueve y medio años como una Católica Romana.  Mi deseo era hacer lo que era correcto.  Yo iba a la misa, recibía los sacramentos, amaba a mis vecinos, y básicamente trataba de hacer el bien a la gente, y siempre pensé que era la manera de llegar al cielo.  El deseo de hacer el bién a toda la humanidad me llevó a ser una miembro de la orden religiosa las Hermanas de la Caridad, desde el 1967 al 1971.

Mi búsqueda por la verdad

Mi búsqueda por la verdad comenzó en el altar apróximadamente seis meses antes de dejar el convento en marzo del 1971.  Yo estaba de rodillas en el tiempo de la comunión, y el sacerdote levantó la hostia ante mi cara y dijo, “El cuerpo de Cristo”.  Antes de yo contestar con mi automática y esperado “Amén”, una pregunta entró en mi mente por primera vez – “¿Es ésto verdadero?”  Por supuesto yo no tenía tiempo para analizar ese pensamiento antes de mi contestación, pero luego, diariamente esa pregunta estaba en mi pensamiento, “¿Es esto verdadero?”  Finalmente, yo comencé a orar con sinceridad, “Dios, si Jesús está en esta hostia, demuéstrame que Él está; pero si Él no está, enséñame la verdad”.

Entre los seis meses de esa oración, yo estaba fuera del convento, y antes del final de dos años y medio yo fui guiada a la verdad de la Palabra de Dios acerca de estas preguntas.  En noviembre 11 del 1973, llegué al momento de mi vida donde realicé que tenía que confiar en la suficiencia del sacrificio de Cristo y en la sangre que Él derramó para remisión de mis pecados, y comencé a ser hija de Dios, ¡por la fe solamente!

Las buenas obras no son suficiente

El Señor usó un problema médico en mi vida para ponerme en una dulce confrontación con una señora convertida en Pennsylvania quien me ayudó a ver la condición espiritual, tan perdida, en que yo me encontraba.  Entré al hospital para una cirujía menor en octubre del 1973.  Sin embargo, estuve allí por un corto tiempo y no conocía a esta señora bien, me mantuve en comunicación con ella durante la semana siguiente debido a su condición física.  Me invitó a su hogar para hablar de temas espirituales, y cuando supo que yo era una ex-monja y con mi sensibilidad de que ella necesitaba con quien hablar, yo acepté su invitación.  Dos de sus amigas estaban en su hogar, y por primera vez en mi vida, mi fe fue probada.  Lo más importante que aprendí en esta conversación fue que todas las obras buenas que uno hace durante la vida no es lo que hace posible que uno vaya al cielo.

Isaías 64:6 dice, “y todas nuestras justicias son como trapo de inmundicia” y luego en Efesios 2:8-9 establece, “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras para que nadie se gloríe”.  Entonces, lo que le salva de ir al infierno no son sus buenas obras, pero su fe solamente en el Señor Jesucristo como su Salvador personal.

Durante nuestra discusión aquella primera noche, fui invitada a ir a su iglesia, Calvary Baptist Church in Landlade, Pennsylvania.  Fui, y después del segundo domingo de haber ido a la misa en la iglesia Católica Romana y de ir a su iglesia, pedí hablar con el Pastor, Dr. Robert Jordan, tan sólo para hablar de mi vida, y lo que estaba pensando hacer luego.  Mientras él hablaba conmigo, me dio su testimonio de cómo él había sido salvo y lo que el Señor había hecho por él.  El me hizo una declaración que me dejó paralizada.  El me dijo, “Wilma, yo nunca supe que yo era lo suficiente malo para ir al infierno tan sólo por haber nacido en este mundo, y nada puede quitar el castigo del pecado sino la sangre del Señor Jesucristo”.  En ese momento el Espíritu Santo me ayudó a entender mi condición pecadora y que yo tenía que ser salva.  Desde que era niña, fui enseñada que Dios era un Dios de amor y que tenía que ser muy mala para ir al infierno, y que si trataba de ser buena, ir a confesarme cuando hiciera algo malo y recibir la comunión tantas veces como pudiera.  Iría al cielo si moría sin ningún pecado en mi alma.  Llegué a creer que era pecadora tan sólo con el hecho de haber nacido en este mundo y que ni el bautismo me quitaría ese pecado porque “sin el derramamiento de sangre no hay remisión de pecado”.  Y que  necesitaba aceptar a Cristo como mi Señor y Salvador.

¿Puedo seguir siendo católica?

Tan pronto como acepté a Cristo como mi Salvador personal, muchas preguntas comenzaron a surgir de mi interior.  El Señor ha provisto la dama del hospital, la cual ha estado dispuesta y capaz de contestar las preguntas que tengo sobre la Palabra de Dios.  Una de las preguntas que le hice fue la siguiente.  ¿Puedo ser salva y permanecer católica?  Su respuesta fue una muy inteligente.  “Wilma, no creo que puedes, pero  no te voy a decir que no puedes”.  “Lo único que te puedo decir es como la Biblia nos enseña a adorar a Dios ahora, y te diré si las dos concuerdan.  Entonces tu decides lo que vas a hacer”.

Un verso de la Biblia me fue dado en el cual yo basaría todas mis decisiones.  Juan 4:24; “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”.  Sinceramente,  estaba buscando la verdad, yo amo al Señor tanto, que quería que Él estuviera oyendo mis plegarias.  Sabía que Dios no podía engañarme ni tampoco lo haría, pero sabía que el hombre puede cometer errores.  Comencé a ser como los de Berea en Hechos 17:11, escudriñaba las Escrituras diariamente para asegurarme de lo que esta gente me decía sobre las Escrituras era cierto o no.

Mientras comparaba los Sacramentos de la Iglesia Católica Romana – comunión, bautismo, penitencia, etc. – con la Biblia, descubrí problemas.  Le pregunté a la dama que me ayudaba sobre la comunión, y ella estaba dispuesta que se me presentara.  “¿Es ésto la verdad?”  Ella me dijo, “Claro, Jesús no tiene que morir en cada misa”.  Ella me enseñó, que Cristo murió “una vez por todas” (Hebreos q0:10-14).  En el calvario, en esa cruenta cruz Él completó con “Está terminado” (Juan 19:30) para sellar el hecho.  Demás está decir que yo estaba maravillada que mi pregunta finalmente había sido contestada.

Contnué examinando los sacramentos con ansiedad y sabía que iba a encontrar la verdad de como adorar a Dios.  Con relación al “bautismo”, en la Biblia, encontré que dice; que el bautismo, es una expresión externa del arrepentimiento interno que se manifiesta en el pecador.  (Hechos 2:41; 8:26-39; 16:25-34).  Mientras que el catolicismo declara, que el bautismo quita el pecado original y hace de la persona un hijo de Dios.  También descubrí que en los sacramentos de penitencia el sacerdote tiene el poder para perdonar a las personas de sus pecados; mientras tanto, esto no es escritural porque la Biblia manifiesta que, ¡tan sólo hay un Dios y un mediador entre Dios y los hombres y este es Jesucristo hombre (I Tim. 2:5) y nadie más!  También entendí que no hay acto de penitencia (ni en forma de oración, ni en buenas obras) que pueda pagar por mis pecados.  Tan sólo el sacrificio de Cristo, “una vez por todas” puede hacerlo.

Una decisión difícil

Estas contradicciones tan obvias con las Escrituras (y muchas otras) me confrontó con la más importante y difícil decisión que yo jamás he tomado, creerle a Dios quien no miente.  (Romanos 3:4) o sigues Sus pasos en la Biblia o crees al hombre el cual comete errores.  (Proverbios 4:12).  En diciembre 16, 1973, me decidí a dejar el catolicismo romano, decidí hacer tan sólo lo que la Biblia ordena, y simplemente dejarle los resultados a Dios.  Hasta hoy, con sinceridad puedo decir que nunca me he arrepentido de mi decisión y tengo en Su amor que me constriñe “(crecido) en la gracia y conocimiento de (mi) Señor y Salvador jesucristo”, “Porque también Cristo padeció una sóla vez por los pecados, el justo por los injustos, para elevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu (II Pedro 3:18).

La verdad nos hace libres

Yo extiendo una invitación personal a usted que lee este testimonio que le pida al Señor le muestre la verdad, y que esa verdad le haga libre de las tradiciones de la iglesia.  Confíe en el Señor como su único y suficiente Salvador y Señor.  Él le dará una preciosa relación con Él y no una mera religión.  Oro que usted crea en El y reciba Su verdad hoy.

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