De la esclavitud a la libertad en Cristo

Maria Allen

“Bendito sea el Dios y Padre del Señor Jesucristo, quien nos ha bendecido con todas las bendiciones espirituales en lugares celestiales en Cristo.”  (Efesios 1:3)

Nunca consideré la salvación en Cristo Jesús, porque no había conocido sobre Él.  Suicidio, no salvación, era mi escapatoria.  ¡Fue el deseo del Señor que yo fuera salva antes de nacer!  ¡Qué bendición!  Efesios 1:4 dice que cada creyente fue separado antes de la fundación del mundo, “Dios nos escogió en Cristo desde antes de la fundación del mundo para estar en su presencia, consagrados a él y sin culpa.”  Esto se aplica a mí.  Todo fue por Dios, A mí, no me hubiese preocupado en absoluto.  A través del infierno que explicaré en mi historia, Él estaba observando y esperando en Su tiempo cuando Él estaría listo para rescatarme.

En los primeros sesenta años de vida, nunca se me hubiese ocurrido aceptar la Soberanía de Dios en los asuntos del hombre.  ¿Cómo era posible que yo no supiera ésto, y que no me hubiese interesado por saberlo?  “El corazón es engañoso y perverso más que todas las cosas.”  (Jeremías 17:9)  Yo estaba atrapada en una vida de esclavitud, pecado y muerte en la ley.  Le entregué al hombre la responsabilidad de mi vida; eventualmente, la voluntad domina a medida que me revelo al sistema del hombre.  En febrero de 1988, cuando  tenía sesenta años, el Señor empezó a liberarme del poderoso sistema religioso donde crecí y viví durante todos esos años.  El trabajo que Él hizo en mí, continúa hasta el dia de hoy.  “Es Dios quien trabaja en mí voluntad para hacer lo que a Él le agrada.”  (Filipenses 2:13) y  “El que ha comenzado la buena obra en mí, la perfeccionará hasta la venida del Señor Jesucristo.”  (Filipenses 1:6)

Registro de Familia

Yo fui la tercera de ocho hijos, y la mayor de las mujeres.  Mi madre se casó a la edad de 29 años, tuvo once embarazos, dos fueron abortos, uno nació muerto y el último hijo nació cuando ella tenía 46 años.

Hay pocos recuerdos de mi niñez.  En aquellos dias los problemas no se discutían abiertamente, especialmente delante de los niños.  En un tiempo, entre el niño número 6 y el número 8 mi madre desapareció por tres semanas.  Más tarde descubrí que había sido encontrada vagando sin propósito y sin rumbo en la carretera, la recogieron y la hospitalizaron.  A su retorno al hogar, una enfermera se presentó a la casa.  Yo tenía de 8 a 9 años de edad y de ahí en adelante me convertí en una madre sustituta para todos los niños de la familia.

Un sentido inconsciente que tuve por toda mi vida, era que estando en el camino, la preocupación de nos ser deseada y un sentido de no pertenencia.  Unicamente, cuando conocí a Dios como mi Padre, fue cuando este sentimiento se reemplazó con la verdad transformadora.  Sin embargo, esto tomaría muchos años.

El camino del largo e inútil esfuerzo propio había comenzado.  Necesité ser buena, mejor, mejorísima, para nunca ofender a mi madre y que ella se enojara y me castigara por estar en el camino o por ser mala.  Limpiaba la casa y cuidaba de los niños pequeños sin tener ayuda de nadie y sin recibir amor.  Me sentí despreciada, con miedo y ansiosa.  La mentira se hizo en mí un hábito para protegerme del castigo.

Mi padre salia temprano a trabajar en el “Long Island Railroad” era ayudante en la ciudad de New York; regresaba tarde al hogar, ya a las 7:00 ó a las 8:00 P.M., estaba en la cama.  Durante los fines de semana, se quedaba durmiendo para evitar las responsabilidades de la familia.  Mi madre era la que controlaba, era la cabeza del hogar.

Mis otros dos hermanos se fueron de la casa a la edad de 13 años para hacerse sacerdotes, dejándome a mí, como la mayor en el hogar.  Heredé las entregas de periódicos y durante mis años escolares desde el 6, 7 & 8 grados distribuí el periódico Brooklyn Eagle por $1.25 a la semana para pagar el Montgomery Ward Catalog, que recibía mensualmente.  Cuando los meses tenían cinco semanas yo me hacía rica, tenía $1.25 para mí.  También recogía habichuelas tiernas en una finca por $0.25 centavos la canasta y fresas por $0.02 centavos la pinta.  Esto también me servía para los gastos del hogar.

Mi hermano mayor, Francis, ahora de edad de 76, se mantiene como sacerdote Católico – él ha dedicado su vida a la virgen María.  Su predicación consiste en lograr traer gente a Jesús a través de María.  Él supervisó la construcción de dos capillas para María:  una en Connecticut y la otra en Eastport, Long Island y añadió una tercera en Efesios, Turquía.  Mi segundo hermano, John, dejó sus estudios de sacerdote y regresó al hogar, fue para él vergonzoso y también para la familia.  Murió siendo alcohólico.

A la edad de 13 años fue mi oportunidad para darle mi vida a Dios y a su servicio.  Tenía que ser una “buena niña” y traerle a mis padres felicidad.  En esa época, los padres que tenían a sus hijos en la vida religiosa, especialmente en el sacerdocio, eran considerados bendecidos de Dios, especialmente tenían garantizado el cielo.

La vida en el Convento

Cuando me fui para la escuela de las internas a la edad de 13 años, viví con las monjas, mis sentimientos de familia se distorcionaron y su asusencia de mi, se hizo mayor.  En mi estado natural yo existía y hasta prosperé en mi nuevo ambiente, fuera de mi hogar.  Hoy, cuando miro hacia atrás, lo veo como un hogar de huérfanos donde yo vivía, estudiaba y donde aprendí a relacionarme con otras personas.  Me comunicaba con mi familia muy poco.  Cuando visitaba a mi familia, era como un visitante, mejor que un miembro de la familia.  En mis primeros años de estudiante, mi madre ocasionalmente me visitaba, me llevaba a visitar mi hermano el cual estudiaba en la villa más cercana.  Mi padre nunca me visitó.  Muchos años después, una de las monjas me preguntó si yo tenía padre.  Después que le dije esto a mi madre, ella me dijo: “El próximo mes, ellos sabrán que tu tienes un padre.”  El apareció al siguiente mes.  Durante estos cuatro años, nos permitían ir a la casa durante los dias festivos más importantes y durante el verano.

Dos monjas que fueron como madres para mí.

Mi segundo, tercero y cuarto año lo pasamos a cien millas fuera de Long Island, muy lejos para mi madre guiar.  Lo que me preocupaba era la vida en el hogar, que era atender a mis hermanos, los cuales iban a la escuela.  El sentimiento de abandono tomó raíces profundas.  Yo le pertenecía tan solo a las monjas y a las muchachas con las cuales vivía.  La primera monja a la cual me uní más fue la que me enseñó el sexto, séptimo y octavo grado.  Me tomó bajo sus alas y me ayudó hasta la enseñanza de los primeros años del convento.  Al tercer año ella dejó el convento sin decirme ni una palabra, lo cual el sentido de abandono se hizo más profundo en mí.  En el 1943, “las monjas buenas” no se fueron, esto fue desgracia.  Le echaban tierra a los asuntos, el tratamiento como ése nunca había ocurrido.

Una segunda monja, la hermana Anna Marie, la maestra de música, comenzó a ser mi ídolo.  Entonces yo era privilegiada en la música, ella me adiestró como solista y el personaje más importante en las operas, las cuales se producían anualmente para nuestras familias y amigos.  Yo era una de las dos solistas en la comunidad del Glee Club de cien voces que debutó para el público para recoger fondos para la orden religiosa.  Me hice reconocer en los años 1960 cuando emseñaba en Puerto Rico y grabe un disco de largo alcance que generó más de $90,000 en la comunidad de escasos recursos.  La hermana Anna Marie también me enseñó a orar.  Ella se había vuelto al catolicismo y desarrolló una gran devoción y dependencia a María.  Le orábamos a María para que nos trajera prosperidad en nuestros planes.  La hermana Anna Marie también me motivó a una relación entre el capellán de la escuela y yo.  Dios me protegió de angustia y dolor durante esta situación.

Entré al noviciado

Nosotras estábamos “separadas del mundo” por distancia, hogar y ropa, que consistía de un uniforme azul marino, una boina, calcetines negros, y zapatos con amarras.  A la edad de diecisiete años, me gradué de escuela superior con otras seis niñas.  Después del verano entramos en el noviciado.  No había otra opción presentada para mí por las monjas, mí familia o por mí misma.  Muchas de las jóvenes continuarían durante este tiempo.  La vida, aún parecía excitante.  Teníamos que preparar un ajüar.  La gente celebró fiestas para nosotras y recibimos calcetines negros como regalo, enaguas largas, ropa interior con mangas largas, un baúl y otras cosas necesarias.  Nuestros uniformes cambiaron, nos llegaban al tobillo, eran negros, con una capa y un velo.  Usábamos una boina cuando limpiabamos alrededor de la casa y en la cocina.  Por un corto tiempo eramos especiales a los ojos de la familia, amigos y vecinos.

Nuestras vidas eran modelos después de las leyes, reglas, regulaciones y constituciones de la Orden de St. Dominic y después de los santos de la Iglesia Católica.  Seríamos santas y viviríamos una vida agradable a Dios si observaramos estas reglas.  Teníamos que ser muy cuidadosas con nuestra apariencia, pensamientos y hechos, y nunca ofender a Dios ni al hombre.  Como ya tenía serios recuerdos de mis propios esfuerzos y logros, era una perfecta candidata para esta vida, por lo menos al comienzo.  Nosostras nos sentíamos muy orgullosas de observar las reglas monásticas que fueron un producto del pensamiento del siglo 13 y la filosofía de San Agustín.  Cogimos una copia del ajüar diario de las mujeres de aquel siglo.  Era pesado, con muchas capas, calurosa y prensada.  Según pasaban los años, comenzaron a ser una carga tremenda.

A la edad de 19 años en mi primera misión, “me enamoré” de uno de los sacerdotes jóvenes y lo adoraba desde la distancia.  Esperaba que él celebrara la misa diaria o que diera el devocionario en la novena semanal.  Veinte años más tarde, mis fantasías fueron cumplidas cuando tuve una relación sexual con él entre mis dos matrimonios y divorcios.

Disciplinada para ser santa

Todos los dias, un capítulo o dos de las reglas de San Agustín de la constitución era leídas durante el desayuno; en otras comidas, de los santos y otros trabajos eran leídos.  Había silencio durante las comidas excepto los dias de grandes festividades, y generalmente todos los dias excepto por un tiempo después del almuerzo y la comida.  Nunca se discutía nada que fuera espiritual – ésto era muy personal para cada uno.

Durante los años de preparación en el noviciado, nuestra meta principal era aprender cómo manejar un salón de clase efectivamente y el currículo necesario para ser una profesora.  Esto tomó cinco años y se llamó la Escuela Normal.  Noventa y nueve porciento de las candidatas venían a ser del grupo de las escuelas católicas.  Más tarde, el estado requirió que las monjas por lo menos tuvieran un grado de Bachiller.  En el año 1950 aquellas que tenían diploma de escuela superior eran enviadas al Colegio donde las experiencias de la vida eran fascinantes.  Estas experiencias aumentaron cuando fui enviada a la Universidad Católica en Washington, D.C. para estudiar una maestría en oratoria y drama.  De acuerdo al campo de estudio, no se nos permitía ir al teatro a ver películas – por supuesto, estas reglas no se obedecían.

Por dos años en el noviciado la profesora de las novicias nos enseñó las reglas y la constitución a fondo en una clase a las cinco de la tarde todas las semanas.  La base de su filosofía griega era “El hombre se conoce a sí mismo, toda la sabiduría se centraliza ahí”.   Nunca se mencionó la Biblia, ni hubo estudios bíblicos como parte de nuestro entrenamiento.  Cuatro años antes de éste entrenamiento, cuando entramos al penúltimo año, la Biblia era uno de los libros más necesarios y mi tio me regaló una preciosa Biblia con bordes dorados.  Llevé aquella Biblia todo el tiempo a todo lugar por 47 años hasta que por fin la vendí en una venta de garage por cinco dolares.  Nunca la leí, ni se me exigió que lo hiciera. El esfuerzo propio era la llave para hacerlo, a través de la disciplina y el control propio podíamos ser santas.

Los Dias de los huesos muertos

Una vez a la semana, nos confesábamos con el sacerdote para recibir el perdón de nuestros pecados y después confesar nuestras faltas menores frente al público de la comunidad.  Como mis faltas menores se hicieron grandes, aprendí a mentir excesivamente.  Dos años antes de dejar el convento, el hábito de deshonestidad que se había desarrollado, fue el factor mayor para un colapso emocional próximo.

En el año 1947 fui asignada a un convento con una escuela grande, con una facultad de 30 monjas, donde era mi trabajo enseñar a 70 niños del tercer grado.  La Superiora nos pagaba $100.00 al mes a cada maestra, lo cual usabamos para proveernos ropa, comida, jabón, etc.  Si se necesitaba para la transportación y para sellos, teníamos que suplicarle a la Madre Superiora de rodillas.  Para salir del convento en cualquier ocasión, excepto para los salones de clases, teníamos que pasar por el mismo procedimiento.  Las peticiones estaban a la discreción de la Superiora.

No teníamos dinero propio, todo era en común.  Con los votos de pobreza también hicimos

votos de castidad y obediencia.  Teníamos que hacer votos de obediencia al Obispo de la diocésis y al superior local.  Bajo el sufrimiento de la ley, comencé a morir mentalmente, emocionalmente y hasta físicamente, mi vida se iba deteriorando año tras año.  Era cuestión de sobrevivir.  Dependiendo de mis esfuerzos para vivir una vida al servicio de los demás, necesité el amor del Todopoderoso e impresionante Dios para que me facilitara verme como la personificación del los fariseos en los evangelios.  Yo me veía bien externamente, pero estaba llena de huesos muertos.  “Como está escrito: No hay justo, ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios; todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni aún uno.”  (Romanos 3:10-12).  El Señor me dará un espíritu arrepentido y un corazón contrito, y me pondrá en el lugar que debo estar, para reconocer la necesidad que tengo de mi Salvador.  A tiempo, yo reconoceré Su amada presencia en mi vida.

La mujer encargada y la adaptación a la vida del convento.

Mientras me hacía mayor aprendí a rechazar las interacciones desagradables con mi superiora por medio de regalos recibidos de mis amistades y familiares antes de que fueran propiedad de la comunidad.  También robé cuando pude.  A los 20 años de estar enseñando me transfirieron 7 veces, y sobreviví de 10 superioras: dos de ellas eran enfermas mentales, yo estaba senil, 3 de ellas eran muy amables y 3 sencillamente perversas.  Una de ellas, con la cual tuve problemas personales, hizo que me enviaran a Puerto Rico.  Poco sabía ella, que esos tres años iban a ser los mejores de mi vida en el convento.  Me encantó todo menos el calor; todo el tiempo había calor y en el convento no se conocía el acondicionador de aire.  Durante este tiempo, el cual pasé muy atareada, uno de los jóvenes del cuarto año me enseñó a guiar.  Frecuentemente viajaba de un lado a otro en Puerto Rico; mientras estaba a cargo de las lenguas extranjeras.  Me sentí libre, lo que tanto ansiaba.

Después de 3 años me transfirieron a los Estados Unidos.  Todavía estaba en el convento, pero mis ojos estaban en el mundo donde yo pensaba podía pasar un buen tiempo.  Vivia dos vidas.   Por ejemplo, mientras estudiaba en Washington, D.C. en un verano, le pregunté a un compañero de clase, quien era un Hermano Franciscano, que me llevara a una discoteca en Georgetown.  Él, muy gustosamente aceptó.  Fui de tiendas y me compré ropa apropiada y fuimos a bailar toda la noche.  Otro verano en New York, cogí prestado un traje rojo, y otros accesorios y me encontré con un amigo de un sacerdote y estuve una noche fuera  en el pueblo de Manhattan.  No había forma de saber si éste comportamiento o actitud era común entre las monjas, porque no compartíamos nuestros sentimientos y maneras para manejar las situaciones.

Yo dejé el Convento

En el año 1967 tres de nosotras nos ibamos del Convento y al siguiente año, 100 también salieron.  Esto estaba ocurriendo en toda la nación y continuó por 2 o 3 años.  Pensé que Dios estaba haciendo un gran trabajo en la comunidad monástica.

Mi comportamiento errático o caprichoso me ocasionó en la carretera, un brote nervioso.  Un sacerdote, quien tenía una hermana que también había sufrido un ataque nervioso, me sugirió que visitara a un sacerdote que era terapista, que tenía un entrenamiento en las técnicas Froidianas.  Por primera vez dejé ver mis sentimientos a otra persona, todas las mentiras, decepciones, secretos, odios, corajes y rebeliones que me estaban matando lentamente.  Nunca bregamos con el pecado, tan sólo sentimientos.  En la terapia, el pecado era inaceptable.  Lo que me motivó a seguir, fue la amabilidad que este hombre me mostró, la cual nunca había conocido – él me libró de cometer suicidio. Dios lo usó para mantenerme viva.  Muy lejos estaba yo de pensar que después de 23 años, iba a conocer al priemero y única Persona que me iba a ser libre de mis terribles ataduras; el Señor Jesucristo.  “Porque Cristo, cuando aún eramos pecado, a su tiempo murió por los impíos”.  (Romanos 5:6)  Después de estos 23 años, continué en la tradicional psicoterapia por 9 años.

La gente, muchas veces me pregunta “¿Tú nunca oras?” ¡Ciertamente! Cinco veces al dia, todos los dias, nosotras repetíamos la misma oración dia tras dia en grupos y a la hora señalada – la Biblia llama esto vana repetición.  En la capilla repetíamos las mismas palabras diariamente, de un libro en la tín.  También nos reuníamos con el sacerdote durante la misa ofreciendo el cuerpo y sangre de Cristo una y otra vez por los pecados del hombre.  Nosotras no sabíamos, que en Hebreos 7 al 10, explicitamente enseña, que el Señor Jesucristo hizo este sacrificio una vez por todas cuando derramó Su Sangre en la cruz del calvario.  Una oración al Espíritu Santo incluída en la misa en la Fiesta de Pentecostés me ayudó a ver a Jesús como el consolador.  Recuerdo que desesperadamente lo llamaba para que fuera mi Consolador.  Esto fue la primera vez que me motivé a hacer una oración a un Dios personal lo mismo para mí, que para otros, aún en los peores años.  Ahora reconozco que el Espíritu Santo me llamaba.

Después del primer año y medio de terapia, yo pude verbalizar mis deseos de dejar el convento.  Continué otro medio año en medicación extensa hasta que por fin me fui.  La Superiora que tenía era muy amable conmigo, igualmente la que antecedía en la Orden.  Mientras tanto, yo no tenía trabajo ni hogar, sólo $100.00 que me daba la Orden.  Posiblemente porque yo me veía muy enferma., mi madre me permitió vivir en la casa.  Continué como una católica por los 21 años siguientes.  Yo necesitaba un trabajo pero no quería volver al salón de clases otra vez.  Por los últimos 7 años estuve enseñando a niñas de escuela superior seis periodos diarios, cada clase tenía 60 niñas más actividades curriculares.  El amigo de mi sacerdote tenía conexciones con uno de los superintendentes de la escuela pública local y me motivó a tener una entrevista.  El también era amigo personal del psiquiatra quien había tratado a su hermana enferma; después de haber dejado el Convento. Gradualmente el doctor me prevenía del hábito del medicamento.  Muy pronto me  aumentaron el sueldo para enseñar a 23 niñas de la edad de 7 años.  Mi principal fue la segunda persona amable que vino a mi vida.  Por los 18 años, siguientes, me gusto enseñar.

Después de los dos años, me casé con el hombre que yo pensaba “era el hombre de mis sueños”.  Me divorcié después de cinco años, me volví a casar dos años más tarde, y luego me divorcié nuevamente, despues de diez años.

Un mes antes de retirarme de estar enseñando, descubrí un crecimiento en mi ceno izquierdo.  En julio fui al cirujano y en agosto me operaron y recibí radiación.  También yo estaba visitando un psiquiatra porque estaba decidida a dejar mi segundo esposo.  El que me motivó a esperar un año antes de hacer cualquier cambio drástico – en este tiempo, yo estaba considerando el suicidio nuevamente y comencé a usar patillas para dormir para adaptarme a la vida.  Yo sabía que si podía  dormir durante la noche, podía pasar el dia.

Un año más tarde, dejé mi esposo.  Teníamos dos casas, una en New York y la otra en Port Saint Lucie, donde me fui a vivir sola.  Tenía muchas amigas en el vecindario y a las cinco de la tarde teníamos un cocktail.  El alcohol comenzó a ser una práctica adicional.  Todavía estaba muy nerviosa.

Alcohólicos  Anónimos

En noviembre de 1956 conocí el hijo de una de estas damas que había estado en el programa de Alcohólicos Anónimos.  El me sugirió que dejara de tomar y fuera alas reuniones con él.  Este era otro programa de ayuda con un giro diferente – había un dios envuelto.  En una de estas reuniones, conocí una señora que me sugirió que yo debía ir a una casa de rehabilitación.  No sabía para ese tiempo que su hermano era el dueño.  Fui diagnosticada como una alcohólica y adicta a las drogas la cual necesitaba estar en un programa.  Este fue un programa de 4 semanas con dos semanas adicionales para los adictos de un costo total de $15,000.00.  Con el seguro de mi esposo y el mio, este total fue cubierto.  Esto fue lo mas cerca al lago de fuego eterno, que yo imaginaba.

A los 59 años de  edad, fui encarcelada junto a 14 jóvenes que confesaron ser adictos a las drogas y al alcohol, de abuso y demencia, las cosas con las cuales nunca me había encontrado, me hice su enemiga porque creían que yo mentía cuando mi única queja era mi esposo jugador, con el cual nunca pude adaptarme.  Después de un tiempo, uno o dos de los “niños párvulos” me hablaron, el resto me evadio como una plaga.  Fue un absoluto, horror.  Aprendí la lección bién, en la clase me habían enseñado que:

  1. Todos tenemos defectos en nuestro carácter (nomencionaba el pecado) mientras tanto esto fue suficiente por el momento. Había una lista  de defectos, el primero era el miedo, lo contrario a la fe.  Si fijas bien, vendrás a realizar que para sobreponerse al miedo, tu tienes que caminar en fe.
  2. Nuestras vidas eran incontrolables, nosotros, no podíamos manejarlas, pero había un Dios que con éxito podía hacerlo. Sonaba como una buena idea volver mi vida a alguién más poderoso que yo; fue el principio para realizar que yo no podía ser mi Dios.  Me tomó 4 semanas de clases para prender esas 2 lecciones.
  3. Había una gran diferencia entre la religión organizada y la espiritualidad real. Eso también tenía sentido.  La religión organizada me ha tenido esclavizada, pecado y sistema humano y nunca presentando el único camino que nos reconcilia con Dios, el cual es la verdadera libertad.

Gracia Maravillosa en Cristo Jesús

Fue en enero de 1987;  mis preocupaciones venían a un final.  Yo comenzaba a verme como una pecadora la cual no podía hacer nada para salvarme a mi misma, necesitaba de redención por uno más grande que yo.  “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.  Porque no envió Dios a su Hijo al Mundo para que condene al mundo, mas para que el Mundo sea salvo por Él.”  Había una nueva esperanza en mi vida, pues el Consolador que es el Espíritu Sanato me estaba llevando a Jesucristo.

En el momento que estaba dejando la rehabilitación, me presentaron una dama llmada Ana, quien me dio un regalo, una Biblia.  Cuando me fui, ella era una amiga temporera la cual me llevó a la Iglesia Metodista a la escuela dominical y los miércoles por la noche, a los grupos de oración en la iglesia católica en Jensen Beach y al grupo de Aglaw, un garupo de damos cristianas en Stuart.  Fue en las reuniones de Aglow donde oí sobre la necesidad de tener salvación en Cristo Jesús.  Yo sabía que era una pecadora sin esperanza y que Jesucristo había pagado el precio de la redención muriendo en la cruz y que había resucitado de la muerte, pero yo no sabía que tenía que creer en Él personalmente, hasta que un predicador en febrero de 1988 fue usado de Dios para traerme a la “Gracia Maravillosa”.  Acepté el regalo de Salvación y comprendí las palabras de Efesios 2:8-9:  “Porque por gracias sois salvos por la fe, y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que  nadie se glorie”.  Gracia, ¡que dulce sonido, una vez estaba perdida, pero ahora fui encontrada!  ¡Esstaba segura que el Señor Jesucristo me había hecho libre por fin!.

La pelea es del Señor

A medida que la verdad estaba siendo revelada a mi a través de la Palabra de Dios, comprendí que era una nueva criatura en Cristo Jesús.  Todas las cosas viejas pasaron; todo era nuevo en mi vida.  Si esto fuera verdad, y la Biblia lo declaraba así, ya yo no tenía que ser una alcohólica, sino llamarme hija de Dios.  Si yo no   confesaba ésto, estaría negando la verdad de Dios y la realidad de su obra en mi.  En al-non no se permitía hablar del Señor Jesucristo.  Sin embargo, en mi última reunión, Él me dio el valor de hablar de Él.  Perdí muchos amigos, hasta Ana me llamó hipócrita y farisea, porque yo me creía mejor que los demás y porque yo no negaba a Cristo delante de la gente.  Comencé a tener conciencia sobre el poder de Dios en mi vida – que Él estaba ahí para socorrerme.  “Porque no me averguenzo del Evangelio de Cristo;  porque es poder de Dios para salvación para todo aquel que cree…” (Romanos 1:16).  Y sabía “Toda esta congregación que Jehová no salva con espada y lanza es psorque de Jehová es la guerra, y él os entregará en nuestras manos.” (I Samuel 17:47)

Dejé a Roma y crecí en gracia

Aprendí rápidamente, que el poder de Dios puede sanar, hasta enfermedades físicas.  Por seis largos años, yo sufrí la constante y dolorosa enfermedad de la Ciática.  Creía que si le pedía a Dios, Él me oiría.  Una noche, en una reunión de oración, le pedí que me librara de ese dolor.  A la mañana siguiente me levanté sin un rasgo de dolor, y hasta el dia de hoy me regocijo de esa libertad.  En su soberanía, Dios usa toda situación  por el bien de los que le aman.  En su voluntad, solamente, la que determina que es lo mejor para nosotros.  De acuerdo a su voluntad, en esta ocasión, yo fui sanada y Él usó ésto para aumentar mi fe.  ¡A Dios sea la gloria!

También supe, que cuando Él le habló a la mujer en el pozo, me habló a mí también, que si tomo de su agua, nunca tendré sed y que de mi interior brotarán rios de agua viva para vida eterna. (Juan 4:14)

Al entender que Cristo completó su trabajo de salvación, enviado por el Padre a cumplir, me salí de la Iglesia Católica donde en la misa se repetía Su ya terminado sacrificio y donde la tradición y obras eran añadidas a Su perfecto y suficiente sacrificio.  “Y en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres”. (Marcos 7:7)  “Empero al que obra, no se le cuenta el salario por merced, sino por deuda; mas al que no obra, pero cree en aquél que justifica al impío, la fe le es contada por justicia”.  (Romanos 4:4-5)  El único requisito para la Salvación es creer en el Señor Jesucristo y lo que Él logró para nuestra redención.  “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”.  (Hechos 16:31)  Como creyentes, tenemos lo que necesitamos en el Señor Jesucristo.  “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos sean dadas de su divina potencia, por el conocimiento de aquel que nos ha llamado por su gloria y virtud”. (2 Pedro 1:3)

Las primeras tres escrituras que memoricé cuando fui salva me han ayudado a crecer personalmente y han restaurado los años que la oruga se comió.  Su gracia trabajó hasta que aprendí a vivir una vida de fe.

  1. “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”.  (2 Timoteo 1:7)
  1. “ Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.  Reconócelo en todos caminos, y él venderezará tus veredas”. (Proverbios 3: 5-6)
  1. “Porque te tomé de los confines de la tierra, y de tierra lejanas te llamé, y te dije: Mi siervo eres tú; te escogí, y no te deseché.”

“No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes porque yo soy tu Dios que te esfuerzo, siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra

de mi justicia.” (Isaías 41:9-10)

Puntos sobresalientes de mi vida como creyente

A través de la oración diaria y el estudio de la Biblia, yo he sido transformada por la renovación de mi mente.  Reconociendo que mis pensamientos no son los pensamientos de Dios, como Isaías 55:8 enseña, yo estoy completamente consciente que debo pensar de una manera diferente.  Cuando me atemorizo reconozco que estoy en mi propio esfuerzo y no viviendo por fe.  La escritura que ha venido a ser la llave para vivir la vida cristiana es Romanos 12:2 “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecto.”

Cuando fui salva en febrero de 1988, mis pensamientos eran del mundo.  Una de las maestras de la escuela pública donde enseñé en el año 1985, me preguntó si yo me sometería a un aborto si saliera en cinta a los 42 años de edd.  Le contesté, ¡Sí!  Para ese tiempo también pensé que sería buena idea convivir con un hombre antes de casarme con él, lo cual estaba haciendo.  En el 1989 en Israel, Dios me dio un curso rápido de cómo vivir moralmente.  Por seis dias frecuenté a 2 conferencias diarias con un grupo bíblico que me invitó a un viaje a Israel durante las fiestas de los Tabernáculos.  La mayor parte de las enseñanzas cubrieron el tópico: “Sed también vosotros santos en toda vuestra  manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.” (1 Pedro 1:15B – 16)  Yo estaba convencida de mi corrupción mental y mis caminos pecaminosos Dios me mostró como Él desea que sus escogidos vivan.

Mientras iba para mi segundo divorcio, después de haber salido del hogar de rehabilitación en enero de 1987, necesitaba dos cosas, las cuales puse en las manos poderosas del Dios que había encontrado.  Primeramente, yo necesitaba un orden de protección de mi esposo y que se extendiera por un año.  Ya había recibido una orden temporera de tres meses por haber mentido en cuanto a su abuso hacia mí.  Le pedí a Dios una extensión para ;que no tuviera la necesidad de mentir ante el juez.  Yo no tenía una idea de la manera en que Dios hizo ésto, me habían dicho que Él podía, si era su voluntad.  Para Su gloria, el juez nunca me hizo una pregunta.  No tuve que decir ni un sí o un no.  Mi esposo hacía todas las pregunta y en dos minutos, el juez me concedió un año de protección con la aprobación de mi esposo.  Me fue a la csa, gozosa y dándole gracias al Dios maravilloso.

Luego tuve que vender la casa de New York en junio de 1988 para ppoder comprar en Florida.  Recibí una llmada de un realtor quién había mostrado mi casa una vez en abril  La esposa insistió que quería la casa y estaban dispuestos a pagar por contado el precio.  En mayo firmé el contrato y pagué por mi condominio en junio.  Luego supe que las personas que compraron mi casa estaban conectadas con la mafia.  Yo estaba muy desconcertada de como Dios había de usar “dinero sucio” para favorecerme.  Luego Dios me mostró esta escritura en Isaías 45:3, “Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí”.

El Señor preparó buenas obras para mí

Por dos años 1989 a 1990, yo estaba preparada para ministrar en las prisiones con el grupo Aglow a las esposas de los prisioneros de máxima seguridad.  Durante este tiempo, yo visitaba un prisionero una vez al mes con el poder de Dios y su permiso, nunca me sentí atemorizada con el sistema que incluía portones lectrónicos, alambre de púas, guardias con rifles y guardias revisando a las visitas que venían a la prisión.

Los lunes por la tarde, yo dirigía un estudio bíblico en mi casa con cinco o seis damas.  A través de mi iglesia local, yo tuve la oportunidad de ayudar a dos damas jóvenes para que aprendieran a pensar bíblicamente acerca del miedo y esfuerzo propio.  Es el poder maravilloso del Espíritu Santo en mí, o en cualquier creyente, que no tan sólo logra lo que pide de acuerdo a Su voluntad, pero también “Y aquel que es poderosos para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros”.  (Efesios 3:20).  Todo lo que me rodea, en el ambiente pagano en que estamos, Dios me ha dado la capacidad de percibir las almas que se pierden.  Muy amenudo, desarrollan una dependencia de esclavitud en ellos o en el gobierno para que les provea y los mantenga no conocen que Dios les suplirá todo de acuerdo a Su riqueza en la gloria por medio de Jesucristo.  (Filipenses 4:19)

El verano de 1996 y 1997, mientras frecuentaba la escuela de verano para envejecientes en Wisconsin, Dios me dio la oportunidad de restar con judíos, los cuales conocí y amé.  En ese tiempo la asistencia era el 99.5% de judíos.  He tenido la oportunidad de relacionarme con siete de ellos; a los cuales le he compartido el amor de Dios hacia ellos y en ocasiones la Palabra.  Murray, un amigo en su lecho de muerte en el año 1998 aceptóa Jesús como el mesías.  Cuando su esposa me llamó para decirme que estaba muriendo, le pedí permiso a Murray para ir donde él y hablarle de Dios.  Usando las Escrituras para compartir el plan de salvación, Muray fue movido por el Espíritu Santo para reconocer al Señor Jesucristo como su Salvador.  Le pido a Dios que al visitar otra persona de ese grupo, que ese milagro vuelva a ocurrir.

Recientemente, en mi viaje a Turquía en el año 1999, el Señor me proveyó la oportunidad de regar la semilla de la Verdad; con relación a la iglesia verdadera.  El guía musulmán estaba sorprendido al saber que las inmensas “iglesias” Romana y Bizantina en toda Turquía, no eran las iglesias del Señor Jesucristo como él estaba explicando a los turistas por 20 años.  Hablando con él, fue la oportunidad que Dios me dio para decirle la verdad en amor, en lugar de perpetuar las mentiras que negaban la Palabra de Dios.  Mi grupo también aprendió que los Musulmanes consideraban a María como una gran mujer y la honran como la madre del “gran profeta”, Jesús.  La negación de quien Cristo es, lo ví como un gancho que los católicos y musulmanes tienen en común en el movimiento ecuménico que se riega por el mundo religioso.  En la capilla, a María, que mi hermano sacerdote hizo en Turquía le pedía a mi grupo que orara por su Salvación.

En  la clausura

Como una pecadora salvada por la sangre del Señor Jesucristo, me siento libre para servirle por completo, vivir el propósito para el cual nací.  Todo en mi vida será para bien.  Como se promete en Joel 2:25, Dios continúa restaurando los años que la oruga se comió.  Me siento muy satisfecha.  Mi canción está completa, ¡una alabanza viva para mi Señor quien ha hecho maravillas en mí!D

Desde el año 1994 al 1997, cuando estaba hambrienta por las relaciones cristianas, viajé a diferentes lugares para conferencias bíblicas.  Conociendo mi necesidad de entender Su plan para la familia, Dios me puso junto a cristianos que conocí en las conferencias y durante mi viaje a Israel y Turquía.  Ellos han venido a ser como una familia extendida, de una iglesia local los cuales enseñaban, en una base regular, proveyendo más de lo que yo pensaba o deseaba.

No hay una conclusión; la vida que Él provee es abundante y sin fin.  Mientras tenga tiempo en esta vida, será mi gozo servirle a Él y miraré hacia el futuro en la seguridad de Su Palabra.  “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creaís en el nombre del Hijo de Dios.  (I Juan 5:13)

La renovación de mí mente, es un proceso de vida largo; a medida que yo esté dispuesta al trabajo de santificación por el Espíritu Santo, quien me sostiene como una creyente.  El propósito del Padre para cada creyente es conforme a su Hijo quien me ha dado el Espíritu, quien es mi Maestro y Consolador.

Con mi Padre en el cielo, mi deseo para todo el que lea mi historia es que sean salvos.

( II Pedro 3:9)  “Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.  A él sea gloria ahora y hasta el dia de la eternidad.” (II Pedro 3:18)

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