Cincuenta años en la Iglesia de Roma


Nací y fui bautizado católico romano en 1809, y ordenado sacerdote en el año 1833 en Canadá. Durante veinticinco años fui sacerdote de la iglesia, y afirmo franca‐ mente que amaba la iglesia de Roma, y ella a mí. Hubiera derramado cada gota de mi sangre por mi iglesia y hubiera dado mi vida mil veces para extender su poder y dignidad en todo el continente americano y en el mundo entero. Mi gran ambición era convertir a los protestantes y atraerlos a mi iglesia, porque se me había dicho, y yo lo predicaba, que fuera de la iglesia de Roma no había salvación, y yo sentía pena al pensar que esas multitudes de protestantes se perderían.

La Biblia fue siempre preciosa para mí

En la iglesia de Roma la Biblia es un libro sellado, pero no lo era para mí. La encontraba preciosa a mi corazón desde que era un niño, y cuando llegué a ser sacer‐ dote de Roma la leía para hacer de mí un hombre fuerte y para poder argumentar a favor de la iglesia.

Mi gran objetivo era confundir a los ministros protestantes de América. Conseguí una copia de “Los Santos Padres” y la estudié noche y día con las Sagradas Escrituras para prepararme para la gran batalla que quería pelear contra los protestantes. Hice estos estudios para fortalecer mi fe en la Iglesia Católica Romana.

Una voz como de trueno

Pero, bendito sea el Señor, cada vez que leía la Biblia había una voz misteriosa que me decía “¿No ves que en la iglesia de Roma no se siguen las enseñanzas de la Palabra de Dios, sino las tradiciones de los hombres?” En las horas silenciosas de la noche, cuando escuchaba esa voz, lloraba, pero se repetía con la fuerza de un trueno. Quería vivir y morir en la santa Iglesia Católica Romana, y oraba para que Dios silenciara la voz, pero la escuchaba aun más fuerte. Cuando leía su Palabra, Dios estaba tratando de romper mis cadenas, pero yo no permitía que las rompiera. El venía a mí con su luz salvadora, pero yo no la recibía.

No tengo resentimiento contra los sacerdotes católicos. Alguno puede pensar que lo tengo, pero se equivoca. A veces lloro por ellos porque sé que esos pobres hombres están luchando contra el Señor, y que se sienten desgraciados como yo me sentía antes. Cuando relate una de las batallas de las que hablo, comprenderán lo que significa ser un sacerdote católico romano, y orarán por ellos.

Establezco una colonia francesa en los Estados Unidos

En 1851 fui a Illinois para fundar una colonia francesa. Llevé conmigo alrededor de 75.000 canadienses franceses y me instalé en las magníficas praderas de Illinois, para tomar posesión de ellas en nombre de la iglesia de Roma. Después de iniciar mi gran obra de colonización me convertí en un hombre rico, compré muchas Biblias y entregué una a casi todas las familias. El obispo estaba muy molesto conmigo por eso, pero no me importaba. No tenía ninguna intención de dejar la iglesia de Roma, pero también quería conducir a mi gente lo mejor que podía en la forma en que Cristo quería que lo hiciera.

Consigo el despido del obispo

Pero entonces el obispo de Chicago hizo algo que nosotros los franceses no podíamos tolerar. Era un gran crimen, y yo escribí al papa y obtuve su despido. Enviaron a otro obispo en su reemplazo, quien comisionó a su gran vicario para que me visitara.

El gran vicario me dijo: “Señor Chiniquy, estamos muy satisfechos de que haya conseguido el despido del anterior obispo, porque era un hombre malo, pero en muchos lugares se sospecha que usted ya no está dentro de la iglesia de Roma. Se sospecha que es un hereje y un protestante. ¿Podría darnos un documento de prueba para todo el mundo, de que usted y su gente siguen siendo buenos católicos romanos?” Yo respondí: “No tengo ningún inconveniente”. El replicó: “Es el deseo del nuevo obispo que ha enviado el papa recibir ese documento de su parte”.

Sumisión sobre una base Bíblica

Entonces tomé un hoja de papel, y me pareció que era una oportunidad única para silenciar la voz que me hablaba noche y día y perturbaba mi fe. Quería persuadirme a mí mismo por ese medio, de que en la Iglesia Católica Romana realmente estábamos siguiendo la Palabra de Dios y no simplemente las “tradiciones de los hombres”. Escribí estas mismas palabras: “Mi señor, nosotros los canadienses franceses de la colonia de Illinois queremos vivir en la santa iglesia Católica Apostólica y Romana, fuera de la cual no hay salvación, y para demostrárselo a su señoría prometemos obedecer su autoridad según la palabra de Dios, como la encontramos en el Evangelio de Cristo”. La firmé y se la entregué a mi gente para que la firmara, y lo hicieron. Luego se la entregué al gran vicario y le pregunté qué le parecía. Dijo: “Es justamente lo que queríamos”. Me aseguró que el obispo la aceptaría y que todo estaría bien.

Cuando el obispo leyó la sumisión, él también la encontró bien y con lágrimas de alegría dijo: “Estoy tan contento de que haya hecho su sumisión porque temíamos que usted y su gente se hicieran protestantes”.

Amigos, para mostrarles mi ceguera, debo confesar con vergüenza que estaba contento de haber hecho las paces con el obispo, un hombre, cuando todavía no había hecho las paces con Dios. El obispo me entregó una “carta de paz”, por la que declaró que yo era uno de sus mejores sacerdotes, y yo volví a mis compatriotas con la determinación de seguir allí. Pero Dios en su misericordia se fijó en mí, y rompería esa paz que era una paz con los hombres pero no con Dios.

Después de mi partida, el obispo fue a la oficina telefónica y telegrafió mi sumisión a los demás obispos y les preguntó qué pensaban de la misma. Ese mismo día respondieron unánimemente: “¿No ve que Chiniquy es un protestante encubierto, y que lo ha vuelto a usted protestante? No es a usted que se somete, se somete a la Palabra de Dios. Si no destruye esa sumisión, usted mismo es un protestante”.

Sumisión bíblica sí—Adoración no Diez días después recibí una carta del obispo y, cuando fui a verlo, me preguntó si tenía la “carta de paz” que me había dado antes. Yo se la mostré y cuando vio que era la misma, corrió hasta su hogar de leña y la arrojó al fuego. Yo estaba pasmado. Corrí al fuego a salvar mi carta, pero era tarde. Estaba destruida.

Luego me volví al obispo y dije: “¿Cómo se atreve, mi señor, a tomar de mis manos un documento que es de mi propiedad y ha destruirlo sin mi consenti‐ miento?”

Respondió: “Señor Chiniquy, soy su superior, y no necesito rendirle cuentas”. “Efectivamente es mi superior, mi señor, y yo no soy más que un pobre sacerdote, pero hay un gran Dios que está muy por encima de usted lo mismo que de mí, y ese Dios me ha dado derechos a los que nunca renunciaré para agradar a los hombres, en la presencia de ese Dios, protesto contra su injusticia”.

“Bien”, dijo, “¿ha venido aquí a darme un sermón?”

Yo respondí: “No, mi señor, pero quisiera saber si usted me trajo aquí para ofenderme”.

“Señor Chiniquy”, dijo, “lo traje aquí porque usted me ha entregado un documento que sabe muy bien que no es un acto de sumisión”.

Entonces dije: “Dígame qué acto de sumisión requiere de mí”

Dijo: “Debe comenzar por sacar estas pocas palabras ‘según la Palabra de Dios, como la encontramos en el Evangelio de Cristo’ y diga sencillamente que promete obedecer mi autoridad sin condición y que promete hacer todo lo que yo le diga”.

Entonces me puse de pie y dije: “Mi señor, lo que me pide no es un acto de sumisión sino un acto de adoración, y me niego a hacerlo”.

“Si es así”, dijo, “si no puede darme este acto de sumisión, no puede seguir siendo un sacerdote católico romano”.

Elevé mis manos a Dios y dije: “Mi Todopoderoso Dios, seas por siempre bendito”, y tomé mi sombrero y salí de la presencia del obispo.

Solo y de cara a Dios

Fui al hotel donde había alquilado un cuarto y cerré la puerta con llave. Caí de rodillas para examinar lo que había hecho en presencia de Dios. Entonces vi por primera vez claramente que la iglesia de Roma no podía ser la iglesia de Cristo. Había aprendido la terrible verdad, no de labios de los protestantes, no de sus enemigos, sino de los labios de la iglesia de Roma misma. Vi que no podía permanecer en ella a menos que renunciara a la Palabra de Dios en un documento formal. Entonces comprendí que había hecho bien en renunciar a la iglesia de Roma. Pero, ¡ay, amigos, qué nube negra me cubrió! En mi oscuridad clamé: “Mi Dios, mi Dios, ¿por qué es que mi alma está rodeada de semejante nube negra?”

Con lágrimas imploré a Dios que me mostrara el camino, pero por un tiempo no se me concedió ninguna respuesta. Había abandonado la iglesia de Roma. Había renunciado a la posición, el honor, a mis hermanos y hermanas, a todo lo que era querido para mí. Vi que el papa, los obispos y los sacerdotes me atacarían en la prensa y en el púlpito. Vi que me quitarían mi honor y mi nombre ‐‐y tal vez la vida. Vi que había comenzado una batalla a muerte entre la iglesia de Roma y yo, y busqué para ver si me quedaban algunos amigos que me ayudaran a pelear la batalla, pero no quedaba ni un solo amigo. Vi que hasta mis más queridos amigos se unirían para maldecirme y mirarme como un infame traidor. Vi que mi gente me rechazaría, que mi querido país donde tenía tantos amigos me maldeciría y que me había convertido en objeto de horror para el mundo.

Luego traté de recordar si tenía algún amigo entre los protestantes, pero como había escrito y hablado en contra de ellos toda mi vida, no tenía un solo amigo allí. Era demasiado y, en esa hora terrible, si Dios no hubiera forjado un milagro, no hubiera podido soportarlo. Me parecía imposible salir de aquel cuarto al frío mundo, donde no encontraría ni una sola mano que tomara la mía, ni una sola cara sonriente que me mirara, sino donde solamente vería a los que me miraban como un traidor.

El gozo de saber que soy perfectamente salvo

Parecía que Dios estaba muy lejos, pero estaba muy cerca. Repentinamente entró en mi mente este pensamiento: “Tienes tu Evangelio, léelo, y encontrarás la luz”. De rodillas y con mano temblorosa, abrí el Libro. No lo abrí yo, sino Dios, porque mis ojos cayeron sobre 1 Corintios 7:23: “Por precio fuisteis comprados, no os hagáis esclavos de los hombres”.

Con estas palabras me llegó la luz, y por primera vez vi el gran misterio de la salvación, hasta donde lo puede ver el hombre. Me Dije: “Jesús me ha comprado; entonces, si Jesús me ha comprado, me ha salvado; soy salvo. Jesús es mi Dios. Todas las obras de Dios son perfectas. Entonces soy perfectamente salvo –Jesús no podría salvarme a medias. Soy salvo por la sangre del Cordero, soy salvo por la muerte de Jesús”. Y estas palabras me resultaron tan dulces que sentí un gozo indecible, como si las fuentes de la vida estuvieran abiertas y fluyeran en mi alma corrientes de nueva luz. Me dije: “No soy salvo, como pensaba, por ir a María; no soy salvo por el purgatorio, o por indulgencias, confesiones o penitencias. Soy salvo solamente por Jesús”. Y todas las falsas doctrinas de Roma se fueron de mi mente como cae una torre que ha sido golpeada en su base.

Que pueda mostrar el gozo de la salvación a otros

Entonces sentí tal gozo, tal paz, que los ángeles de Dios no podrían ser más felices de lo que era yo. La sangre del Cordero fluía en mi pobre corazón culpable. Con una fuerte exclamación de gozo dije: “Oh, querido Jesús, lo siento, lo sé, Tú me has salvado. Oh, regalo de Dios, te acepto. Toma mi corazón y guárdalo por siempre para Ti. Regalo de Dios, mora en mí para hacerme puro y fuerte; mora en mí para ser mi camino, mi luz, y mi vida; permíteme morar en Ti ahora y para siempre. Pero, querido Jesús, no me salves solo; salva a mi gente; permíteme mostrarles Tu Regalo. Oh, que puedan aceptarte y sentirse ricos y felices como yo ahora”.

Fue así como encontré la Luz y el gran misterio de nuestra salvación, que es tan bello y tan sencillo, tan sublime y tan grande. Había abierto las manos de mi alma y aceptado el regalo. Era rico por ese regalo. La salvación, amigos míos, es un regalo; no tenemos nada que hacer más que aceptarlo, amarlo, y amar al Dador. Apreté el Evangelio contra mis labios y juré que no volvería a predicar otra cosa que a Jesús.

Comparto con miles en la Colonia

Llegué a mi colonia un sábado por la mañana. Todo el mundo estaba sumamente excitado y corrieron hacia mi a preguntarme las noticias. Cuando estuvieron reunidos en la iglesia les presenté el Regalo. Les mostré lo que Dios me había dado a mí, a su Hijo como un regalo, por medio de Jesús el perdón de mi pecado y la vida eterna como un don. Luego, sin saber si aceptarían o no el regalo, les dije: “Es tiempo de que los deje, amigos míos, he abandonado la Iglesia Católica Romana para siempre. He tomado el regalo de Cristo, pero los respeto demasiado para imponerme sobre ustedes. Si ustedes piensan que es mejor para ustedes seguir al papa que seguir a Cristo, e invocar el nombre de María en lugar del de Jesús para ser salvos, exprésenlo poniéndose de pie”.

¿Cruzarán conmigo el Mar Rojo?

Para mi enorme grata sorpresa, toda la multitud se mantuvo en los asientos, llenando la iglesia con sus lágrimas y sollozos. Pensé que algunos de ellos me dirían que me fuera, pero ninguno lo hizo. Y al observarlos vi un cambio en ellos, un maravilloso cambio que no se puede expresar en términos naturales, y les dije entre lágrimas de gozo: “El Dios poderoso que me salvó ayer también puede salvarlos a ustedes hoy. Conmigo cruzarán el Mar Rojo y entrarán a la Tierra Prometida. Conmigo aceptarán el gran regalo; serán felices y ricos en ese regalo. Les voy a hacer la pregunta de otra manera. Si ustedes piensan que es mejor para ustedes seguir a Cristo que al papa, invocar el nombre de Jesús solamente en lugar del de María, que es mejor poner su confianza en la sangre del Cordero vertida en la Cruz por sus pecados que en el fabuloso purgatorio de Roma donde dicen que después de la muerte se puede ser salvo; y si piensan que es mejor para ustedes que les predique el puro Evangelio de Cristo en lugar de tener un sacerdote que les predique las doctrinas de Roma, díganme que están conmigo poniéndose de pie”. Entonces todos, sin la mínima excepción, se pusieron de pie y con lágrimas me pidieron que me quedara con ellos.

El Regalo, el grande e indecible Regalo por primera vez se había presentado ante sus ojos en toda su belleza. Lo habían encontrado precioso. Lo habían aceptado, y no hay palabras que puedan expresar el gozo de toda esa multitud. Tal como yo, se sentían ricos y felices en el Regalo. Los nombres de esas miles de almas, lo sé, fueron escritas en el Libro de la Vida ese día. Seis meses después éramos dos mil convertidos. Un año más tarde éramos alrededor de cuatro mil. Ahora somos casi veinticinco mil que hemos lavado nuestras vestiduras y las hemos blanqueado con la sangre del Cordero.

La noticia de que Chiniquy, el sacerdote más conocido de Canadá, había dejado la iglesia de Roma a la cabeza de un noble grupo de hombres, corrió rápido por todo Norteamérica, incluso por Francia e Inglaterra. Y en todas partes donde se hablaba, el nombre de Jesús era bendito, y espero que ustedes bendecirán al misericordioso y adorable Salvador conmigo, ya que es mi privilegio haberles contado lo que El ha hecho en mi alma. Hoy más que nunca, escuchamos la voz del buen Maestro: “Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega” (Juan 4:35).

Traducido por Dante Rosso

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